martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 1: Rutina.

Me encontraba girando sobre mí misma, mirando todo a mi alrededor, cuando de repente todo se iluminó con una especie de luz cegadora, excesivamente blanca y fulgurante para mis ojos. Me tapé un poco con la mano, haciendo sombra sobre mis ojos, intentando ver algo tras la luz. De pronto, una figura oscura se recortó contra la luz. Me llamaba, lo oía, pero era una voz extraña, no podía definir si era de hombre o de mujer, o si era grave o aguda, es como si, en vez de oírla, la percibiese, como si tan solo fuese una vibración que llevaba mi nombre. Entrecerré los ojos y agudicé el oído, y, de repente...

Sonó el despertador, sacándome de ese extraño sueño. Me incoporé y apagué el despertador, quedándome unos minutos sentada en la cama. Me sequé el sudor de la frente y me quité la sábana de encima, pudiendo sentarme al borde de la cama. Mi habitación era... ¿cómo describirla? Queda casi todo dicho cuando digo que era increíble, no como en mi anterior casa. Aquí al menos cabía mi cama, de matrimonio, por supuesto, me gusta dormir a lo grande, cabía también mi armario de dos puertas, y un pequeño tocador blanco marfil donde tenía mis cepillos, mis lacas de uñas, perfumes, y todo tipo de maquillaje en sus adornados cajones. Y aún así, sobraba espacio para moverme.
Me desperecé y me levanté, frotándome los ojos camino al baño, descalza. Al llegar, abrí el grifo y me lavé la cara y las manos, despejándome un poco. "Rutina, rutina, y más rutina", pensé mientras me sentaba frente al espejo del tocador, cepillándome el pelo.

A estas alturas os preguntaréis cómo soy... Pues os puedo decir, acerca del aspecto físico, que soy lo más normal del mundo. Soy pelirroja, pero de un rojo muy vivo, y el pelo totalmente rizado, mi piel tiene un tono de bronceado normal, osease no estoy ni pálida ni morena, simplemente soy de piel ligeramente dorada. Mis ojos son grandes, expresivos, y verdes, verdes esmeralda. Tengo los labios finos, aunque no demasiado, y la nariz pequeñita y respingona. En resumen: yo no era nada del otro mundo. Mientras pensaba en mis cosas, ya me había recogido en pelo en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos por la nuca y a ambos lados de la cara, allí donde los rizos más se marcaban, y me había vestido, poniéndome unos vaqueros blancos y una camisa de color crema. Cogí mis llaves, me las guardé en el bolso y salí al trabajo, encendiéndome un cigarro mientras cerraba.

-¡Eh, Mizuki! -Sí, ese es mi nombre. Mizuki... y ese era mi jefe, el dueño del bar en el que trabajo, "Las Cuatro Sotas".- Deja de dormirte de pie, muchacha, que enseguida van a empezar a entrar clientes a desayunar, ¿quieres?
Asentí seria, con una mirada de disculpa hacia Henry. Tenía razón, la puerta se abrió, dando paso al primer cliente, que venía casi dormitando, pidiendo un cortado. Se lo serví gustosamente, y cliente tras cliente, llegó la hora de comer.
Me despedí de Henry y volví a casa, a pesar de que también me tocaría turno en el pub que él mismo llevaba. Al menos podría comer y dormir un rato más.

Tras la siesta en el sofá, miré el reloj. Las siete de la tarde. Me senté, poniéndome las manos en la cara. Me levanté y decidí darme una ducha y cambiarme para volver a ir a trabajar a "El Lobo". Era agotador, aunque por suerte no trabajaba muchas horas por la mañana, así que podía descansar por la tarde.
Tras la ducha y demás, me puse un bonito vestido azul pálido sobre unos leggins negros brillantes, y unos botines sin demasiado tacón. Respiré hondo antes de salir, y me preparé mentalmente, nunca sabía qué podría encontrarme allí.

Oh, se me olvidaba, hay una cosa que no sabéis de mí, se me ha pasado por alto comentároslo: Soy hija de un ángel y un demonio, pero esa es una larga historia que os contaré en otro momento...

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