Lo que había llamado mi atención había sido un extraño brillo rojo, con lo que levanté la cabeza para buscar el origen de ese brillo, y mi sorpresa fue bastante confusa: El brillo procedía del mismo cuerpo de Axel, que estaba tumbado sobre su cama, completamente estirado, como si no le importase que yo viese aquello. Tragué saliva bruscamente.
-Axel... estás... ¿brillando?
En una fracción de segundo me tiró a la cama, inmovilizándome poniéndose sobre mí y sujetando mis muñecas con fuerzas. Su cara había cambiado totalmente. El semblante entristecido que había visto un rato atrás no estaba, en su lugar había unos ojos enfurecidos, más rojos que nunca, y unos labios fruncidos, en señal de agresividad. Le tenía a unos milímetros de mi cara y esa mirada me producía pavor.
-Un humano normal no puede ver mi energía, lo que significa que tú no eres humana. ¿¡Qué eres!? ¡¡Habla!!
Me retorcí un poco, cerrando los ojos con fuerza.
-Soy una mestiza...
-¿¡Una mestiza de qué!? Más te vale hablar, porque si no me encargaré yo de callarte.
-¿Me vas a matar...?
-Si no hablas, seguramente.
-Soy mestiza de ángeles y demonios. -Retorcí las muñecas bajo sus manos.- Soy de ambas razas y de ninguna a la vez. Nadie me quiere en su bando por temor a la traición de la sangre.
Igual de rápido que me inmovilizó, se dió un espaldarazo con la pared de enfrente, con los ojos desmesuradamente abiertos, -aunque solo se le viese uno-, y la mandíbula casi desencajada.
-¿Pero qué coño...?
Me incorporé, quedando sentada en la cama con las piernas estiradas.
-¿Qué ocurre, Axel...?
-Q-Q-Que siempre he visto ángeles y demonios, pero nunca un mestizo.
-¿Nunca? Pues aquí me tienes... -Abrí los brazos y torcí los labios.
-Vaya por dios...
Le miré preguntándole con la mirada.
-Nada, que... no puedo decirte cómo, ni por qué, pero me ordenaron matarte. -Se acercó a la cama, mirándome.- Mizu, sigue en pie la oferta del viaje. ¿Quieres venirte a Italia conmigo?
-Por querer sí, pero... ¿quién habla con Henry?
-Como siempre, voy un paso por delante. Tienes vacaciones indefinidas, por no decir que, llamando a un par de contactos, tienes baja indefinida por motivos familiares. Te seguirán pagando sin trabajar.
Me quedé un poco patidifusa.
-Vaya, eres muy bueno... Has de tener muchos contactos por ahí, ¿no?
-Los justos para vivir. ¿Qué me dices ahora? ¿Vendrás?
Asentí enérgicamente.
-Claro que sí.
Me volví a desplomar sobre la cama y Axel se arrodilló junto a ésta, al lado de mi cara.
-Mizuki, tengo que c-c-c-confesarte algo...
Torcí la cara para mirarle.
-¿De qué se trata?
-Es algo que no puede explicarse con palabras.
En ese momento, sus labios rozaron los míos y se colocó delicadamente de nuevo sobre mí. Pasé mis manos por si cintura para colocarlas en su espalda suavemente. Ese beso no era igual que el primero. Era más dulce, más intenso, y llevaba más sentimiento. Al separarse nuestros labios, Axel se quedó mirándome, recostándose a mi lado.
-Mizuki... ¿Q-Q-Quieres... sa-sa-sa-salir... con-co-co-conmigo?
-Claro que sí, Axel. -Me abracé a él con fuerza, feliz.
-¿Y estás segura de que quieres venir?
-Si no, no te lo habría dicho. -Sonreí, de verdad por primera vez en mucho tiempo. Me apoyé en su pecho y escuché atentamente su corazón.- Descansemos, que partimos en unas horas...
Ninguno de los dos pudo dormir. A mí, realmente, no me hacía falta. Al ser lo que era, no me era necesario, aunque estuviese acostumbrada a hacerlo. Era una orma de que el tiempo volase. Axel se levantó primero, mirándome alzando una ceja.
-¿Vamos?
Asentí despacio y me levanté. Al mirarme al espejo que había a mi derecha, vi que aún seguía con el vestido blanco y las sandalias, -y que el moño ya no era tal cosa-. Me quité todo del pelo, dejando caer una maraña de rizos sobre mis hombros. Me repeiné un poco como pude y me dí la vuelta.
-¡Axel! ¡No tengo maleta, ni ropa, ni nada!
Se me acercó, me dió un beso en la frente, y sacó una tarjeta de crédito.
-¿No quieres ir de compras por la mismísima Italia? -salió por la puerta del dormitorio canturreando:- Oh, sooole miiiooooo...
Salí tras él negando con la cabeza.
-¿Y piensas dejar que vaya con vestido y tacones en el avión?
-Bueno, queda tiempo si nos damos prisa. Nos acercaremos a tu casa y subirás a ponerte cómoda. Pero tendremos que correr con mi amorcito.
-¿Pretendes que te suba a caballito y te lleve corriendo hasta mi casa? -dije bromeando.
-Anda, es verdad. Aún no te la he presentado.
Pasamos al garaje y se puso junto a un coche con una sábana por encima.
-¿Preparada?
Asentí y tiró de la sábana, dejando ver un Chevrolet Yenko Camaro de 1969, negro con dos rayas blancas cruzando el capó.
-Me gustaba más el Audi... Pero es bonito. -Sonreí y me monté en el asiento del copiloto.
-Eso es porque no la has escuchado ronronear...
-Esto... Axel, es solo un coche... -dije mientras arrancaba y salía del garaje.
-¿Es... solo... un... coche? No, no, no, bonita. Esto NO es sólo un coche... -Empezó a acelerar, poniéndose a máxima velocidad en menos de cinco segundos. Yo me agarraba a lo que podía e intentaba no parecer demasiado horrorizada.- Axel, baja la velocidad... Me estoy mareando...
-Pues agárrate, que casi hemos llegado.
Dió un acelerón más y le dió uso al freno de mano, derrapando y aparcando justo enfrente de mi portal. Me llevé las manos al estómago. "Creo que voy a vomitar...", pensé.
-No tardes mucho, ¿vale? Te espero aquí.
Asentí, salí del coche, y subí a casa lo más rápido que pude. Una vez en casa, me quité la ropa y me puse unos vaqueros claros, una camiseta de tirantes negra y unas deportivas del mismo color. Cogí una bolsa de equipaje de mano y metí algunas cosas que tenían un gran valor sentimental para mí, -unos libros y algunas fotos-, y algo de ropa cómoda. Bajé los escalones corriendo, y estuve a punto de caerme unas cuantas veces. Llegué abajo y monté de nuevo en el coche, dejando la bolsa atrás.
-Espero no haber tardado mucho.
-Lo justo. Intentaré no correr ahora...
Al llegar al aeropuerto, salimos directos a la pista de aterrizaje con el coche. Entramos por el conducto para cargas pesadas del avión, y nos quedamos ahí unos minutos.
Axel abrió la guantera y sacó una caja cuadrada y fina, de madera. La madera era oscura, como la de los muebles de su salón, y tenía unas decoraciones plateadas en las esquinas.
-No había tenido valor para darte esto antes... -Me la entregó ciertamente vergonzoso.
Al abrirla, me quedé boquiabierta. Dentro había una gargantilla y una pulsera, ambas a juego. La gargantilla era de lazo, un lazo de raso de color marfil, en cuyo centro se encontraba una rosa. Parecía azabache. Cada pétalo era una piedra, y en el centro tenía una piedra blanca, en forma de lágrima, que brillaba sobre el resto. La pulsera tenía réplicas en miniatura de esa misma rosa a lo largo de un lazo de raso igual, pero más fino que el de la gargantilla. Cerré la caja y me abalancé sobre su cuello.
-Gracias, gracias, gracias, gracias... Es precioso, Axel.
-No las des, es sólo un regalo de bienvenida. -Me separé de él y sonreímos.- ¿Vamos a primera clase? Estaremos solos, no podrá molestarnos nadie.
-Claro, vamos.
Salimos del coche y entramos a primera clase. Tenía razón, estaba vacío y el avión ya había despegado. Nos sentamos en los asientos centrales y me miró.
-Te... Te... Q-Q-Q-Quiero...
-¿Por qué te cuesta tanto decirlo...?
-Es que... nunca había estado con nadie. Es decir, no tan seriamente...
-¿Nunca? ¿Y eso por qué?
-Mi trabajo no me lo permite, me lleva mucho tiempo a veces, y es algo estresante...
-¿Te refieres al de técnico informático? -dije burlona.
Su cuerpo se tensó, se puso rígido. Clavó sus ojos en mí, y muy serio me dijo:
-Mizuki... Soy cazador de demonios.
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