viernes, 21 de septiembre de 2012

Capítulo 5: Amargas noticias.

Sábado. "El Lobo" estaba a reventar, lleno de gente bailando, bebiendo, riendo, pasándolo bien... Y yo aquí trabajando. Hay que ver. Hacía unos días que pasó aquello, cuatro concretamente, y aún no le había llamado. No podía, me moría de vergüenza. ¿Cómo le iba a mirar a partir de entonces? De repente, al darme la vuelta, mi pregunta quedó resuelta. Axel estaba allí, sonriéndome, aunque en sus ojos se reflejaba un cierto aire de tristeza. En una décima de segundo estaba sobre la barra abrazada a su cuello con fuerza. Aproveché a susurrarle en la oreja:

-Te he echado de menos, ¿sabes? -Volví a mi sitio tras la barra, apoyándome con los codos en ésta.
-Tratándose de mí, no podía ser menos. -Bromeó ciertamente burlón.
Le di un pequeño manotazo en el brazo.
-Bobo. -Reí feliz.- ¿Dónde te habías metido?
Su cara cambió de repente, pensando qué decir. Me iba a poner una excusa  para no decirme la verdad.
-Me llamaron de la central, que les habían intentado piratear la base de datos del sistema. Ya sabes que normalmente trabajo en casa, pero era una urgencia...
Sabía que mentía, pero lo dejé pasar y sonreí, pues algún motivo tendría para hacerlo.
-Claro, claro, lo entiendo... Bueno, ¿te pongo algo? -"Porque tú a mí mucho", pensé. "Mizuki, marrana, no pienses en esas cosas, jolín". Yo y mis conversaciones conmigo misma. Son caóticas.
-No, gracias, no creo que lo que yo deseo puedas dármelo en horas de trabajo.
Me sonrojé inevitablemente y dí gracias a Henry por haber puesto en su día la luz tan oscura, porque así no se vería que me había puesto roja, aunque atisbé que Axel se reía para sí, y me preguntaba por qué. Me encogí de hombros y levanté un dedo, indicándole que esperase un momento. Me acerqué a mi compañera, Emma, a la cual le caían algunos mechones rubios por la cara mientras el resto se lo recogía en una larga coleta. Sus azules ojos me miraron con atención al darse cuenta de que estaba allí.

-Emma, ¿podrías cubrirme diez minutos? Necesito un descanso. Estaré en el patio trasero, ¿vale?

Mi compañera asintió sonriendo. Ella era el extremo de la timidez, aunque el trabajo de camarera no le iba nada mal. Había aprendido a abrirse un poco hacia los clientes para no morirse de vergüenza al servir.

Salí de la barra y fuí junto a Axel, guiándole de la mano hasta el patio trasero. Era un patio pequeñito, con el suelo de pizarra roja y gotelé en las paredes. Era casi completamente cerrado, pero una de las paredes había sido derribada y puesto una valla en su lugar, desde la que se podía ver un campo manteado por las estrellas. Era digno verlo. Lo mejor es que en el patio no había luz, y por tanto, las estrellas se veían nítidas, más bellas que nunca.
Me apoyé en la pared y Axel cerró la pequeña puerta de madera tras de sí, quedándose ahí. Con un gesto, le indiqué que se acercase hacia donde yo estaba y le señalé el cielo.

-¿Es precioso, verdad? -Hablaba en bajito, como pensando que si alzaba un poco la voz asustaría a las estrellas.
Axel no dijo nada, se limitó a observar mis ojos.
-¿Por qué me miras a los ojos con tanto interés?
-Porque así veo cosas bonitas por partida doble. Las estrellas se reflejan en tus ojos, ¿sabes?
Volví a enrojecer y saqué mi paquete de Chesterfield, ofreciéndole.
-Esta vez me toca a mí invitar. -Reí y saqué uno para mí,  haciendo Axel lo mismo. Me guardé el paquete y ambos nos encendimos nuestros cigarros. Aspiré una profunda calada y solté lentamente el humo.- ¿Qué es lo que deseabas ahí dentro? -pregunté con curiosidad.
-Nada, es lo mismo... -Negó con la cabeza.- Mizuki, he venido a decirte... que me voy.
Me detuve con el cigarro a medio camino de la boca, cambiando mi mirada de relajada a desesperada.
-¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? -No podía parar de preguntar y me atropellaba con las palabras.
-Me voy lléndome, mañana, y el por qué es algo que... creo que no podré decirte. -Agachó la cabeza, algo entristecido.
-¿Cuándo volverás?
-No lo sé, Mizuki... Puede que dentro de unos días, semanas o meses. Quién sabe... Necesito... saber quién soy.
-¿No sabes quién eres?
Negó con la cabeza aún agachada.
-Yo... fui criado en un orfanato. Me abandonaron allí antes de que tuviera uso de razón. Según mis cuidadores, tenía tan sólo unos días de vida cuando aparecí en su puerta.
-Entonces no es tan difícil. Eres un huérfano, un huérfano al que sus padres se vieron obligados a abandonar por alguna razón...
Negó con la cabeza, y al fin,  la levantó, mirándome con los ojos brillando con la luz de las estrellas.
-No lo entiendes. Siempre me he sentido diferente al resto de los huérfanos, no sólo en mi forma de pensar, si no... espiritualmente.
-Entiendo... y para averigüar quién eres, has de irte. ¿Vas a investigar si tus padres siguen vivos?
Asintió despacio, mirándome con cautela.
-Pero... ¿por dónde vas a empezar? Es decir, te dejaron en el orfanato a los pocos días de nacer. ¿Cómo piensas empezar a investigar?
-Desde que cumplí la mayoría de edad, al salir del orfanato, me dieron una tarjeta de crédito. Habían estado guardándomela hasta los 18. Cuando fui al banco más cercano y miré los estractos, vi que cada año la cantidad de dinero aumentaba considerablemente. -Paró un instante para tragar saliva.- El banco desde el que se hacían las transacciones era un banco italiano. Lo curioso es que... este año, el día de mi cumpleaños, volvió a haber otro aumento de los ahorros. He de averiguar quién es el que ingresa tanto dinero y cómo.
-Así que, te vas a Italia... -Dije tras escuchar pacientemente toda la historia.
-Así es, Mizuki... -Rozó mi mejilla con las yemas de sus dedos y me estremecí inevitablemente.- Vine a despedirme... y a preguntarte algo.
-Adelante, pregunta. -Tragué saliva bruscamente.
-¿Quieres venir esta noche a mi casa? Es la última que paso aquí y me gustaría pasarla con alguien... es-es-especial... -Le costó decir la última palabra, y yo me sonrojé, como siempre.
-De acuerdo... ¿Vendrás a buscarme?
-Claro que sí... Te veré en un par de horas.
Me besó la frente y entró, habiendo tirado y apagado su cigarro. Yo hice lo propio. Lo tiré al suelo y lo apagué con mi sandalia.
Esa noche me había puesto especialmente guapa. Iba en plan griega, con un vestido blanco ciertamente suelto, y en los hombros llevaba como unos broches dorados en forma de espiral, y me había puesto unas sandalias romanas, de tacón, atadas con dos tiras hasta debajo de las rodillas. Me había recogido el pelo en un moño alto, dejando caer mechones rizados a cada lado de mi cara y por la nuca.
Entré de nuevo al pub y sonreí a Emma mientras volvía a entrar en la barra.

Esas dos horas se me pasaron volando, y me quedé charlando un poco con Emma hasta que llegase Axel.
Llegó a los pocos minutos, me despedí de Emma alzando la mano, y entré en el coche. Le miré de arriba a abajo y solté un silbitido.

-Vaya, qué elegante vas... -Solté una pequeña risita mientras arrancaba.
-Había que vestirse para la ocasión. -Sonrió de medio lado, mirando al frente concentrado.

Al llegar, me abrió la puerta del coche. "Y además es un caballero..." pensé. Al salir, me quedé boquiabierta. Justo enfrente tenía una gran casa de dos plantas, con un jardín a la derecha y un garaje a la izquierda. Era inmensa, preciosa, increíble, y... y... y... Bueno, y todo.
Me abrió la puerta de la casa mientras me miraba.

-Bienvenida a mi humilde morada.
-Es... preciosa...
-No es para tanto. Es grande, nada más. Esto... ¿tienes hambre? ¿Te gusta la comida italiana?
-A ver, por partes. Sí, y... sí, me encanta, la adoro.
-Pues me he tomado la libertad de cocinar unos tortellini al fromaggio.
Me relamí y le miré.
-Pasa al salón, enseguida te los sirvo.

Le hice caso, pasé al salón y me senté en una mesa de madera oscura, cuadrada, con un mantel de un color vainilla pálido que la cubría, pero no al completo, pues dejaba los laterales a la vista. Todo el salón iba a juego: muebles de madera oscura y telas vainilla pálidas. Quedaba precioso, y le daba un aire moderno a la casa.
Axel apareció con un par de platos de pasta. Me froté las manos y me puse la servilleta sobre el regazo.

-Madre mía, qué pinta tienen...
-Pues allá vamos.

Ambos cogimos nuestro tenedor y comenzamos a cenar, en silencio, hasta que su móvil comenzó a sonar.

-¿Me disculpas un momento?
-Claro...

Se levantó y se alejó unos metros, aunque escuché perfectamente su voz.

-Sí, cogeré el avión en seis horas. Te veré allí, ¿de acuerdo? Venga, hasta mañana...

Volvió junto a mí, sonriente. Le miré fingiendo no haber oído nada. Ya me incordiaba lo suficiente el hecho de que se fuera, como para andar haciendo preguntas también.

-Están riquísimos, Axel...
-Gracias. Oye,  Mizuki... -comenzó a sonar su teléfono de nuevo, interrumpiéndole. Lo tiró lejos, al suelo.-¡Figlio di puttana!
-¿Quién era ahora? -pregunté  curiosa.
-El mismo de antes. Un amigo con el que me encontraré en Italia. Es quien me alojará y me ayudará a moverme.
-Oh, entiendo...
-Y además, es un poco pesado. -Dijo soltando una leve risa.
Reí con él y recordé que había estado a punto de decirme algo.

-¿Me ibas a decir algo antes?
-Mmmm... Sí, pero olvídalo, es una tontería.
-No, dilo, de verdad... Por favor.
-Te iba a decir que si querías venirte conmigo, pero Henry no te daría unas vacaciones indefinidas...
-Todo sería hablarlo con él...
-Pero yo me voy en seis horas, Mizuki... Yo... Lo siento, no me encuentro bien, me voy a la cama... Hay muchas habitaciones, instálate en la que quieras. No pienso dejar que te vayas esta noche. -Se levantó y subió a su habitación, cerrando la puerta.

Me quedé unos minutos más en la mesa y me levanté en busca de su habitación. Si era la última noche que le vería en a saber cuánto tiempo, quería pasarla con él, costase lo que costase.
Llamé a la única puerta cerrada que había en la planta superior.

-¿Axel...? -llamé, algo temerosa.
-Adelante, pasa...

Abrí la puerta mirando al suelo, por si se estaba cambiando, pero algo llamó mi atención y no pude creer lo que allí ví...

1 comentario:

  1. Princesa, me encanta el capítulo, siguiente YA. Me has dejado super alucinada, ¿Que ha visto?

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