Pasaron los días, entrenando, y cada uno era más duro que el anterior, pero, afortunadamente, descubrí los poderes demoníacos que residían en mí. Conseguí controlarlos antes del último día, así que para entonces, ya los había probado en condiciones.
Al terminar el entrenamiento el último día, -éste fue en el gimnasio de casa, dado que fue mucho más táctico que los anteriores,- subimos ambos a la habitación y, después de ducharme yo, mientras lo hacía él, decidí probarme mi nueva lencería, dado que aún no me había dado tiempo. Me quedaba como un guante, y los combiné con unas medias hasta medio muslo para ver cómo quedaba todo en conjunto. Hasta yo me sentía diferente.
Me estaba observando en los espejos del gran armario cuando vi a Axel salir del baño y mirarme. Me giré sobre mí misma. "Maldita sea, ni siquiera me dio tiempo a cambiarme, este hombre es demasiado rápido".
-¿Pero qué coño...? -Su cara era un cuadro, y la mia, un tomate.
-Ups...
Me había pillado por sorpresa de esa guisa, con el picardías, el culotte, y las medias. Ya le faltaba poco por ver.
-¿Mizu... Por qué...? -Me señaló la lencería, boqueando ligeramente.
-Era una sorpresa, lo juro.
En ese mismo instante Axel se lanzó hacia mí, tan rápido como un rayo, y le tenía pegado a mí, besándome con dulzura mientras me conducía a la cama y me dejaba en ésta suavemente, con delicadeza. Sus manos acariciaban todo mi cuerpo sin separarse de mis labios. A tientas, consiguió desnudarme, así como yo a él, aunque Axel tan sólo llevaba una toalla enroscada a la cintura. Nuestros besos y caricias nos llevaron lejos, muy lejos, mientras nos fundíamos lentamente en uno, como si realmente lo fuésemos.
Suspiré profundamente sobre su pecho una vez calmado el torrente de pasión. Estaba relajada, y sólo me tapaba la sábana. Mañana iríamos en busca de Soneillon, y no sabía lo que iba a suceder. Quizá Axel y yo no nos volviésemos a ver. Podía pasar cualquier cosa.
Hicimos tiempo hasta que cayó la noche, haciendo cosas varias. Axel jugaba al billar mientras que yo, desde un rincón de la sala, le dibujaba pacientemente.
Al fin cayó la noche, cenamos algo ligero, y nos fuimos a "dormir" a nuestra manera, a descansar para el gran día. Era mi debut y esperaba conseguir ayudar.
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Al despertar, Axel ya estaba vestido y preparado, y estaba recostado en la cama,cigarro en mano. En la otra, tenía una funda, mejor dicho una pequeña vaina, de la que sobresalía una empuñadura con una pequeña cabeza de dragón, haciendo que los brazos fuese unas hermosas alas estiradas de plata. Me preparé y comenzamos nuestro viaje.
El coche me parecía más grande de lo que realmente era, y la carretera me era demasiado serpenteante. Los nervios se me agarraban al estómago y la garganta, pero no se lo dije a Axel. Tenía miedo de que me dejase en casa esperando.
Tragué saliva ruidosamente, y me atreví a hablar, con la voz más firme que me era posible fingir.
-Y... ¿dónde dices que está Soneillon?
-¿Recuerdas al demonio con el cual conversé mientras ultimabas tus compras?
-Como para no...
-Bien. Acordamos que, en el transcurso de una semana, él estaría con Soneillon, o al menos cerca de él para no ser descubierto. Ahora mismo estoy siguiendo su rastro.
-¡Genial! -Grité entusiasmada. Se me habían pasado los nervios de golpe, siendo sustituidos por adrenalina.- ¿Y dónde está ese tío?
Se quedó pensativo un momento y, de pronto, pegó un volantazo, corriendo por tierra con el coche.- ¡Por allí!
Me agarré a lo que pude, bastante sorprendida por el volantazo.
-¿Y no había una carretera que llevase hasta allí...?
-No, -dijo, negando con la cabeza,- porque vamos allí. -Me señaló un castillo, aparentemente en ruinas, el cual, pasando por un pasadizo, estaba acomodado como un castillo.
-Vaya... -Me quedé boquiabierta ante tal belleza.- ¿Esa es la casa de Soneillon?
Bajamos del coche y asintió a mi pregunta, poniéndome un dedo en los labios. Al parecer, no era momento de hablar. Al llegar al último callejón, nos escondimos para no darnos de bruces con él, a tiempo de escuchar una interesante conversación.
-¿Se sabe algo de la mestiza? -Era una voz grave, y con cierto desprecio en la voz.
-No, logró escapar, se desconoce su paradero.
En ese momento, Axel se sacó una estaca metálica del bajo de su pantalón y la lanzó a una gran velocidad, clavándola en el demonio que hablaba con Soneillon, reduciéndole a cenizas.
Axel, antes de salir de nuestro escondrijo, me pidió por señas que me quedase allí. Asentí y salió, enfrentándose cara a cara con el demonio, al que no pareció sorprenderle la visita.
-Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí? ¿Quién eres y quién te envía?
-Vengo por cuenta propia, Soneillon, y creo que tenemos algo de que hablar. No hay necesidad de pelear si obtengo la información que necesito.
-Cada información tiene un precio. Dime qué quieres saber, y quizá negociemos...
-¿Precio? Agradece que te dejaré respirar... ¿Quién te envía a por la híbrida?
El demonio carcajeó con todas sus fuerzas, haciendo que resonase por todo el pasadizo, dejándome muerta de miedo.
-Entrégame a la mestiza y te diré quién la busca.
-Créeme, podría averiguarlo sin necesidad de preguntarte. ¿Te gusta apostar?
-Vaya, vaya. Te gusta jugar, ¿eh? ¿Qué quieres apostar?
-Apostaré a que consigo saber lo que quiero en menos de diez segundos, y en menos de veinte estarás muerto. ¿Qué te parece?
El demonio volvió a carcajear, más fuerte aún.
-No sólo pretendes saber eso, ¿verdad? -Entrecerró los ojos, como analizándole.- Confiesa.
-¿Tienes miedo de que mi apuesta se cumpla, marica? -Axel se rió, con intencióm de humillarle.
-No, yo ya no tengo miedo de nada... -Rió leve.- Pero tú sí deberías temer lo que te espera después de matarme. Todo contra lo que has estado luchando no servirá de nada.
-Eso ya lo veremos.- Sus ojos destellaron, hurgando en los recuerdos de Soneillon. Le sujetó y me gritó:- ¡Mizuki, ahora!
Salí del callejón corriendo, cogí la daga que Axel me había regalado esa mañana, cargándola de mi energía, y la lancé, clavándola directamente en su pecho, dejándole hecho un montón de cenizas.
-Vaya... He matado mi primer demonio... -Limpié la daga y la guardé en su funda.- Axel... ¿Eso no es una espada demoníaca?
-Ahora lo veremos... -La cogió y la clavó en lo que quedaba de Soneillon. Parecía sangrar, así que Axel cogió la funda, atándosela a la espalda, y se la guardó.- Eso parece.Ya tengo un nuevo juguete.- Sonrió triunfal y alzó la palma para que la chocase. Lo hice y me di la vuelta.
-¿Viste algo?
-¿A qué te refieres?
-Hurgaste en sus recuerdos, ví brillar tus ojos.
-Oh, sí. Mastema es el próximo objetivo.
-¿Mastema? Vaya por Dios, menudos nombrecitos...
-No lo hubiese matado si no hubiese tenido más pistas, pero... -Toqueteó la espada y la blandió. Parecía un niño con un juguete nuevo. Entre el filo y la empuñadura había una brillante calavera, y cuando Axel la empuñaba, toda la espalda brillaba roja como el fuego.
-Creo... que no. Jamás vi las de mis padres... -Agaché la cabeza, torciendo el gesto.
-No todos las poseen, y probablemente tus padres fueron asesinados con estas armas.
-Mis padres... escondieron las suyas, allí donde empezó su arcoiris. -De repente caí en la cuenta.- Axel... Mis padres se conocieron aquí. ¿Y si las espadas...?
-¿Qué quieres decir?
-A ver, su arcoiris, es decir, su felicidad, empezó al conocerse. ¿Y si sus espadas están escondidas en algún rincón de Italia?
-No lo sé, Mizuki, lo que está claro es que las espadas no desaparecen tras la muerte de su dueño, así que, o están en posesión de sus asesinos, o están escondidas. De todos modos, no sabes por dónde empezar, no tienes ningún dato...
-Llamaré a Rose, es así de fácil. Ella sabía todo acerca de mis padres...
-¿Todo? ¿Acaso ella es...?
-No, no... -Negué con la cabeza.- Ella es completamente humana. Pero... mis padres les dejaron a ella y a Henry una carta, en la que al parecer, les decían que, si a ellos les pasaba algo, cuidasen de mí, y... había unas hojas con unos datos, lugares y fechas. Quizá lo pusieron por algo...
-No lo sé, pero eso implicaría volver, y no pienso hacerlo.
Me quedé pensativa unos instantes.
-Los documentos están en Italia, Axel. Los traje con las cosas que metí en la bolsa. Este lugar no creo que sea muy seguro para hablar de su paradero. Vamos, te lo contaré por el camino.
-De acuerdo. -Caminamos hasta el coche y, una vez dentro, me preguntó.- Tú has visto sangrar a Soneillon, ¿verdad?
-Sí... Aunque fue raro, porque era un montón de polvo.
-Cierto, pero ahí quería llegar para explicarte el por qué. Verás, tu daga es una daga normal,un simple revestimiento de acero. Una muerte "normal" les hace volver al infierno, una vez allí desconozco lo que pasa. Pero al morir con una espada de éstas, el hecho de que sangren significará que ya no estarán más en este mundo y que, en algún lugar, hay un nuevo demonio engendrándose para conservar el equilibrio.
-¿Eso no pasaba sólo si moría con la espada de un ángel?
-Cualquiera de las dos vale. Es decir, la de un ángel sería lo más lógico, ya que están enemistados, pero si un demonio muere con una espada de su mismo bando, es como dejar tu huella. Es decir... -frenó el coche en seco.- Tu padre fue matado por otro demonio, ¿verdad?
-Sí...
-Su asesino dejó una "estela" en su cadáver. Podríamos llegar de forma fácil al asesino si pudiera... -agachó la cabeza, ciertamente entristecido,- ver a tu padre.
-¿Verle? ¿Cómo? No será más que un montón de huesos...
-Más que suficiente, pero, si no quieres, es algo normal, Mizuki... Lo entiendo perfectamente.
-No, no es que no quiera, es que... es duro... Habrá que abrir la tumba, ¿verdad?
Asintió levemente.
-Por eso lo digo. Quizá no creas que sea lo mejor...
-Si es necesario para encontrar a su asesino, lo haremos.
De pronto pareció caer en la cuenta de algo.
-No es necesario abrir la tumba.
-¿Cómo lo harás, entonces?
-Es raro de explicar. ¿Logrará entenderlo?
-Claro. No soy tonta, puedo comprenderlo.
-Verás. Tu padre comprende el mismo ADN que tú, de modo que, si tomo una parte de tu sangre, puedo "entrar" al vínculo sanguíneo con tu padre y averiguar quién le mató.
El resto del camino, le expliqué qué datos había en esos folios, y dónde estaban. Era un libro falso, hueco por dentro, en que los guardaba. Llegamos a casa, al fin, después de ese duro día, y dedicamos el resto del tiempo a jugar al billar, y, como siempre, perdía una tras otra, pero me daba igual, porque al fin estaba con él.
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