Habían pasado ya dos meses desde que Axel se fue. No había vuelto a saber de él, ni una llamada, ni un mensaje, ni una visita sorpresa. Nada. Absolutamente nada. La falta de voluntad me pudo y volví a mi piso en Madrid.
Al entrar, parece ser que Henry había tapado los muebles con sábanas para que no se llenasen de polvo.
Pasaron unas semanas, y recibí una llamada de Ángela, una buena amiga desde la infancia. Siempre habíamos estado muy unidas, quizá por el hecho de que ambas éramos huérfanas. Aún así, hacía mucho tiempo que no sabía de ella. Me contó que llevaba un año en Alemania, pero que ahora necesitaba cierta ayuda porque su trabajo peligraba. Se había quedado embarazada y el padre se había desentendido. Me propuso viajar, pagándome ella el billete, y me alojaría en su casa con ella. Acepté con la condición de que me dejase en Madrid un par de días de reposo. Tras tres días, allí que me fui. Metí en la maleta todo cuanto pude, así como en el equipaje de mano, y arramplé con todo a Alemania, no sin antes despedirme de Henry, Rose, y Emma, prometiéndoles que pronto les escribiría.
Al llegar, Ángela me esperaba con su coche. Conversamos sobre lo ocurrido todo ese año por el camino, evitando el hecho de que yo era una mestiza, por supuesto. Eso ya tendría tiempo de contárselo. Me instalé en una habitación bastante cómoda, con las paredes blancas y los muebles de color melocotón.
-Podemos pintarla, si quieres. -Me dijo al entrar.
-Así está bien... Pero me gustaría pintar algo en mitad de la pared, si no te importa.
-Claro. -Me dijo, risueña como siempre.- ¿Qué pintarás?
-"Más allá del arcoiris...". ¿Qué te parece?
-Me parece una frase muy bonita. -Sonrió encantada.- Bueno, te dejo que te instales tranquilamente. Estaré en el salón si necesitas algo.
Asentí y abrí mi maleta.
"Necesito verle, pero tú eso no me lo puedes conceder...", pensé para mis adentros. Coloqué todo: la ropa en el armario, varias fotos sobre la cómoda y la mesilla, mis libros en la estantería, y las cosas de higiene en el pequeño aseo de mi habitación.
Pasaron las semanas y caí en la cuenta de que hacía días me debería haber bajado la menstruación, y el mes pasado tampoco me había bajado. -Sí, los ángeles y los demonios, bajo apariencia humana, también tenemos la menstruación.- Bajé a la farmacia, empezaba a ponerme nerviosa, y compré un test. Por suerte en el colegio aprendí alemán, y practicaba también un poco con Ángela. Al subir, me hice la prueba.
Me temblaban las manos, pero acerté con el chorrito. Mientras esperaba, pensé en la reacción de Ángela al contarle mi naturaleza. Se había sorprendido mucho, pero lo había aceptado y me había acogido igual, diciendo que lo que yo fuese no implicaba que fuese una persona distinta a la Mizuki que ella había conocido. Al fin pasaron los tres minutos de rigor, aunque había dejado pasar alguno más. Miré aterrorizada el test, y, de pronto, ese terror fue respaldado por el test. Dos rayitas. Las dos rayitas que más rápido cambiaban la vida de alguien. Bajé corriendo las escaleras, llamando a gritos a Ángela.
-¿¡Qué pasa!? ¿¡Ha pasado algo!?
-Ángela... Estoy... Estoy... -No pude evitar echarme a llorar, me temblaba todo el cuerpo tanto como la voz.- Estoy embarazada...
Me abrazó instintivamente, acariciándome el pelo.
-Tranquila... Cuidaremos la una de la otra.
No tardé en llamar a Henry para contárselo. Decidió venirse a Alemania con la familia. Había un piso en venta cerca, y a los pocos días les tenía instalándose a un par de calles de nuestra casa. Rose era muy buena y comprensiva, y me ayudó mucho los seis meses siguientes. Cuando salí de cuentas, estaban siempre pendientes, por si rompía aguas.
-Rose, Henry... -La cafetería estaba casi vacía esa tarde, y le estaba dando mil vueltas a mi café.- De veras, gracias por todo... Pero creo que fue excesivo veniros a vivir aquí. Tal vez hubiese vuelto tras un tiempo.
-No seas boba. -Rose me miraba con dulzura, como siempre había hecho.- Sabes que haríamos cualquier cosa por ti.
La miré emocionada, pero de repente mi cara cambió. Miré la silla y estaba encharcada.
-Henry...
-No me voy a poner en contra de Rose, aunque me lo pidas. -Dijo riendo.
-No, no es eso... Acabo de romper aguas.
Saltó de su silla y esperó en la puerta, abriéndola para que saliese. Fuimos en coche hasta el hospital y, en el momento de dar a luz, Rose entró conmigo.
Me parecía haber dormido días enteros. El sueño se me había hecho eterno, y tan sólo había dormido unas horas. Llevaba tres días en el hospital, no quería separarme de mi hijo. Había sido un niño precioso. Al despertar, oí a Ángela hablar por el móvil en voz baja.
-Sí, ha nacido ya. Se llama Kael.
Al verme despertar, me sonrió y salió de la habitación.
A los pocos segundos, me incorporé en la cama a tiempo de ver cómo se abría la puerta y entraba la enfermera con Kael en la "cuna" portátil del hospital.
-Mi pequeño...
-Todo tuyo. Le toca comer. -La enfermera me alcanzó al niño con delicadeza.
Me aparté la bata del hospital y le di el pecho tranquilamente. La enfermera salió, dejándome intimidad.
Antes de la semana ya habíamos salido de allí y estábamos en casa. Kael tan sólo se llevaba dos meses con Shane, el niño de Ángela, así que podrían jugar e ir al colegio juntos. Serían como hermanos.
[Tres años después]
-¡Mami, mami! ¡Mira!
Reí divertida ante las niñerías de Kael. Estaba tirándose por el tobogán, riendo y corriendo para tirarse otra vez.
Alcé la cabeza, girándola levemente sobre mi hombro. Me acerqué a la oreja de Henry.
-Hazte cargo de Kael, por favor, Henry. Tengo un... asunto que atender en el callejón de ahí atrás.
Asintió he hizo como si no pasase nada. Yo me colé por el callejón, empuñé a Ayelet, y doblé la esquina, llegando a un corte de calle. No había salida. Al fondo del callejón había un tipo con gabardina, de espaldas a mí. Al girarse, vi sus ojos, rojos como el fuego. Sin mediar palabra, empezamos a luchar, sin contemplaciones. De repente me empujó con su espada, tirándome a un lado del callejón. Antes de que pudiera levantarme, una espada demoníaca lo empaló en la pared. Me levanté, mirando fijamente en la oscuridad del callejón, aunque solo vi otro par de ojos rojos. Blandí mi espada, incitándole a pelear. Pronunció una especie de conjuro y empezó a lanzarme bolas de fuego. Al esquivarlas y hacerlas rebotar, se me cayó la espada. Su rostro se había iluminando momentáneamente, y, pese a sus innumerables cicatrices, marcas de guerra, no dejaba de ser él.
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