jueves, 27 de septiembre de 2012

Capítulo 12: El Reencuentro.

Ese día amaneció ciertamente nublado, y amenazaba con llover de un momento a otro. Me encontraba en el pequeño balconcito de nuestra habitación, fumándome un cigarro. Axel, al parecer, seguía durmiendo a pierna suelta, y no quise despertarle. "Está tan mono...", pensé, girando la cabeza para mirarle. El despertador de Axel sonó, me dio un beso de buenos días, y se puso su ropa de entrenamiento.

-¿Estás lista?

Asentí y cerré el balcón, total, iba a cambiarme y hacía fresco. Me acerqué al armario y cogí una camiseta de manga larga azul oscuro y unos vaqueros negros, prendas que me había comprado uno de los días en los que no habíamos ido a cazar demonios. Iba aprendiendo poco a poco a manejarme con la espada. Llevaba parte de ello en la sangre. Me la até a la espalda y me volví.

-¿Sabes? Mi espada... Ya sé cómo la voy a llamar. -Dije, sonriendo triunfal.
-¿Cómo? -miré curioso-
-Ayelet... Era el nombre angélico de mi madre. Quedaba mejor que llamarla Francesca, ¿no crees? -Reí divertida.
-Oye, pues Francesca me gusta.
-Me encogí de hombros.- Sería como llamar a tu hijo... Toby o Bobby.
Echó a reir, y desenvainó fuera de casa a Desgarradora.

-¿Lista?
-¿Y cuándo no? -Sonreí de medio lado y desenvainé mi espada.
Se deslizó velozmente, haciendo su espada chocar contra la mía.
-Creo que estarás lista cuando todo pase.
-Eso espero. -Empujé su espada con la mía, haciéndole retroceder.
Retrocedió y giró sobre si mismo, dando dos vueltas, liberando energía, y volviendo a chocar con mucha más fuerza. Sus ojos refulgían rojos. Yo empecé a emanar energía, recubriendo también la hoja de mi espada.
-Un poquito de esencia angélica.
-Envidiosa... -rió leve, y su móvil, el cual se hallaba dentro de casa, sonó. -Seguramente sea Redención, voy corriendo, que llevo demasiado sin dar noticias, y creo que irá para largo, ¿vale?
Asentí y guardé tanto mi espada como mi energía, sentándome en el porche de la casa.

Una figura robusta, con ojos rojos, y una espada roja, se paró frente a mi. Entrecerró los ojos, mirándome.

-Esa espada... ¿Eres un ángel? -El desconocido empuñó la suya, era demoníaca, era una espada corta, y llevaba grabado el nombre del padre de Mizuki, Asmodeus.

Entrecerré los ojos y distinguí unas letras. Estaban traducidas al abecedario demoníaco, pero, por suerte, mi padre tuvo tiempo de enseñármelo brevemente.

-Asmod... ¡¡TÚ!! -Volví a blandir mi espada, poniéndome en guardia. ¿Quién eres y qué haces con esa espada?
-Yo soy Mastema, y vengo buscando a Semiazas.
-Aquí no hay nadie con ese nombre. -Caí en la cuenta de repente.- ¿Mas... Mastema? -Caí de culo sobre las escaleras del porche.
-Si, mastema, el mismo. -quedó pensativo unos segundos- Cómo era... oh... Ah, sí... Los humanos, y tú decidísteis llamarlo Axel.
-¿A-A-A-A...? ¡¡¡AXEL!!! -Grité cuanto el terror que se había apoderado de mi garganta me permitió, aunque no sé si me escucharía.- No puede ser... Él no... Yo... Tú... Joder, ¡basta! -Me llevé una mano a la cabeza.- Devuélveme la espada de mi padre, no tienes derecho a llevarla. Tus manos la han mancillado...
-Ahora mismo, tu no me interesas lo más mínimo, tengo asuntos pendientes que solucionar con mi hijo. -afirmó secamente.
-¡Él no es tu hijo! ¿Cómo te atreves siquiera a pensar que es de tu sangre? Si así fuese, no habría sido criado en un orfanato. -Me levanté y me interpuse entre él y la puerta. En ese momento, la rabia se apoderó de mí, pero más aún las ganas de proteger a Axel, de modo que me transformé en un ángel, empuñando con fuerza a Ayelet, haciendo honor a su nombre: La Elevada. Mastema empuñó la espada demoniaca chocándola con la mía.
-Lo que pasase, no es de tu incumbencia, niñita.
-Esta niñita te va a enseñar a no mentir. -Volé sobre él, quedando a su espalda, y le lancé una estocada con toda mi fuerza, al menos, toda la que pude.
La esquivó, y asestó un golpe fuerte haciendo chocar las espadas, de modo que la mía salió despedida, clavándose en la pared.
-¿Nadie te enseñó modales? ¿Tus padres no te lo enseñaron? -Rió sádico, sabía que haría daño. -Oh, es cierto... Siento haber matado a tu padre, el traidor que te enseñaba todo.

Mi parte demoníaca se reveló, mezclándose con mi transformación y quedando una mezcla de luz y oscuridad en un mismo ser.

-Eres asqueroso. Mi padre no se lo merecía, y decías ser su amigo. Eres un ser despreciable. -En ese momento, mi energía se apagaba por momentos.- ¡¡¡AXEL!!! -Volví a llamarle. Esta vez era imposible que no me oyese.
-Vas a reunirte con tu padre, eso tenlo por seguro -Alzó su espada para dar una última estocada.

En un instante, me desplomé en el suelo, desmayada. Todo estaba perdido si esa espada me alcanzaba. Ya daba igual, iba a morir, ahí se terminaba todo.

De pronto, unos ojos rojos, resurgieron a una velocidad impresionante, impactando con la cara de Mastema, tirándolo a varios metros por el suelo.
Después de atisbar eso, caí inconsciente completamente, dejándome llevar por un mar negro. Lo que pasó a continuación es algo que sólo Axel os puede contar.

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-¿¡Quién coño eres!? -Blandí la espada con ira al ver a Mizuki en ese estado.
Mastema rió tocándose la cara, levantándose rápidamente.
-Así que tú... eres "Axel", ¿cierto?
-¡Sí, y seguramente la última cara que veas, hijo de puta! -Me lancé a el lanzando innumerables estocadas, una tras otra, era presa de la ira.
Esquivaba una tras otra con dificultad.
-Eres igual que tu padre. Rápido y fuerte... -Dijo echándose a un lado.- Yo... Soy Mastema.

Un viejo truco que aprendí en redención, al esquivar un espadazo, el pecho quedaba libre, de modo que le lancé una patada ineludible al pecho, haciéndole caer de espaldas con demasiada fuerza.

-Tú... -gruñí con fuerza- Tú mataste a su padre... ¿¡Y ahora pretendes creer ser el mío!? Sé entrar en la memoria, Mastema, sólo tengo memoria a partir de ser abandonado, pero dudo que seas tú mi padre, o mejor aún, no quiero imaginarlo de ese modo.
Rió sarcástico. En el fondo, todo eso parecía divertirle.
-Creas lo que creas, no puedes negar lo que eres. Eres un semi demonio, y por tanto, das caza a los tuyos. Eres complicado, Semiazas. -Negó con la cabeza.- Tu madre estaría muy enfadada contigo...

De pronto me paré en seco.
-¿Quién... es... mi madre...?
-Tu madre... era una humana. Una humana que dió su vida al darte a luz. Se dedicaba a la brujería, en concreto a la rama necromántica. -Hurgó un poco en una bolsa que llevaba colgada al cuello a modo de bandolera, sacando un libro viejo. Era grande y grueso, y parecía pesado, aunque al cogerlo era bastante ligero. Me lo tendió tranquilamente.- Este libro era suyo... Quería que tú lo legases, y así será.
-Por desgracia, será lo único que mi familia pueda legarme. -Tomé el libro, lo dejé en el porche y miré agresivo.- Esa espada volverá a quien le pertenece, Mastema.
-Por encima de mi cadáver le entregaré esta espada a una mestiza, hija de traidores. -Escupió a un lado, poniendo un gesto de verdadera repulsión.
-No se la entregarás, lo haré yo, después de que mi espada, se haya encargado de hacer buena cuenta de ti.
Volvió a reír y empuñó la espada com ambas manos.
-No será tan fácil, Semiazas.
-Entonces muestra estar en lo cierto -Cargué mi espada con energía y ataqué, manteniendo el choque de espadas en posición- ¿Te has hecho viejo?
-Más quisieras. -Empujó mi espada y atacó con la suya, intentando dar un golpe bajo.

De mi espalda, emanaron las famosas manos de energía, bloqueando el ataque, agarrándolo por la pierna, inmovilizandolo contra el suelo.No podía moverse, a pesar de que se retorcía.

-A pesar de todo, te has hecho fuerte...
-Y no será mi espada la que te matará, padre.
-¿Huh? ¿Entonces cuál?

En un rápido movimiento, en una simple fracción de segundo, retrocedí, tomando a Ayelet, hundiéndola en su pecho, esperando unas últimas palabras.

-Nunca subestimes a un cazador, y menos, si es tu hijo -sonreí.
-Moriré... agusto habiéndote... oído llamarme... padre... -Dijo entre toses, en las cuales escupía algo de sangre.
Me senté a su lado, la herida tardaría en expulsar toda la sangre, dado que la espada seguía dentro.

-Al fin y al cabo, por mucho que te odie, no dejas de serlo.
Sonrió por un instante mi y colocó una mano sobre mi hombro.
-Haz buen uso del libro de tu madre... No la decepciones.
Devolví la sonrisa, y dije:
-Oh vamos, me tienes abandonado 19 años, ¿y has vuelto a morir, y a darme la brasa? -reí con el.
Negó con la cabeza y rió, haciéndose daño con la espada allí clavada.
-Sácala ya, y déjame morir... Ya es retrasar lo inevitable.
Asentí, y la saqué.
-Adiós, papá... -Tomé las espadas de los padres de Mizuki, y las clavé en forma de X en la hierba, y me coloqué a su lado para despertarla- Eh, Mizuki, despierta pequeña..

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Al despertar, había vuelto a mi forma humana. Despegué la cara de la hierba y alcé la cabeza, viendo a Axel. Intenté levantarme, pero no tenía fuerzas.

-¿Qué ha... pasado...?

Me cargó en sus hombros, y caminó por la hierba, hasta llegar a las espadas, que seguían cruzadas, y las señaló.

-Se acabó...
-Al fin... -Sonreí efímeramente, tanto como pude.- Necesito descansar. Descansar mucho... Me he quedado totalmente sin energías.
-Mizuki... Debo... confesarte algo...
-¿El qué...?
-He tenido que... asimilar demasiadas cosas, y eso me ha acarreado más dudas... por lo que... Me voy, Mizuki, y esta vez... sin ti... este piso, es completamente tuyo, está a tu disposición, al igual que el de Madrid. Toma. -Sacó una tarjeta de crédito con una sustanciosa cantidad.
-¿Cómo que te vas? No te puedes ir. ¿Y todo lo que hemos pasado juntos? -Las lágrimas corrían solas por mis mejillas. No tenía fuerzas ni para aguantarlas.- Me prometiste que me ayudarías. Lo prometiste. ¿Me mentiste?
-No, no te mentí... Ya he arreglado todo esto... Además... no me voy eternamente, aunque desconozco lo que tardaré... pero dudo que se trate de una corta estancia, Mizuki... -besó mis labios con ternura.

Me solté de él, cayendo al suelo. Cogí las espadas y limpié a Ayalet con la hierba.
-Me vas a dejar sola...
Suspiró de manera irremediable, y se dio la vuelta.

-Axel... Pase lo que pase... -Me puse de rodillas como pude, mirándole.- Te esperaré, aunque sea más allá del arcoiris.

Pronunció unas extrañas palabras, y ante él apareció lo que podría apreciarse como un portal. Me quedé atónita, mirándolo.

-¿Axel...? ¿Qué...?
-Mi madre, era humana, una bruja necromántica...
Asentí delicadamente.
-Entiendo...
-Mizuki. Quiero dejarte algo, algo importante para mi.
-¿De qué se trata?

Abrió mis manos y dejó las llaves de las dos casas, la de Italia, y la de Madrid, y las llaves de Chevy.

-Volveré a por ellas. será nuestra promesa, ¿De acuerdo?
Asentí, esbozando algo parecido a una sonrisa.
-De acuerdo.
Se puso de rodillas frente a mi.
-Prométeme que no llorarás, y serás fuerte.
-Te... Te lo prometo.
-Oh... casi lo olvido, Mizuki. -Sacó un pequeño tubito, como si de análisis se tratase- Toma.
-¿Huh? ¿Qué es eso?
-Mi sangre.
Caí de culo hacia atrás.
-¿Y pa-pa-para qué la quiero yo?
-No es para ti, Mizuki.
-¿Entonces? ¿A quién he de entregarla?
-ÉL sabrá qué hacer cuando llegue el momento. -Tocó el portal, y, mientras se desvanecía, susurró: -Te amo, Mizuki, y siempre lo haré.
-Y yo a ti... -Me quedé allí tirada, de rodillas. No era capaz de levantarme, ni siquiera de arrastrarme. Por suerte, tenía mi móvil a mano, y llamé a Alessandro, que estaba dentro de la casa, para que me echase una mano a subir hasta la habitación. Tras entrar, con ambas espadas enganchadas a mi cintura, dejé que el peso del cansancio me hundiese en la cama, llevándose todo y haciéndome presa de un profundo sueño.

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